Los pies en la tierra

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Llegamos al ecuador del año 2022 en las Islas.

Esta realidad, en principio tan simple, guarda un mensaje muy profundo. Vivimos en un archipiélago que en los últimos años se ha enfrentado a desafíos que parecían inimaginables hace tan solo tres veranos.

La entereza de quienes vivimos en Canarias, de quienes la hacemos cada día, se ha visto puesta a prueba una y otra vez en muy poco tiempo.

Vino primero la calima, y días después, el coronavirus.

La pandemia. La tristeza, los aplausos, la solidaridad de un pueblo entero emergiendo con garra.

La erupción del volcán y la tierra rompiéndose después en la ‘Isla Bonita’. Todos los brazos, fuerzas y los corazones extendidos hacia ella.

El grito continuo de auxilio desde el Atlántico: migración y muerte a la que no somos ajenas. La guerra en suelo hermano. La gente canaria, su humildad y su abrazo interminable, siempre presentes. Acogiendo como pueblo migrante que fuimos y somos. Como pueblo con memoria e identidad a pesar de la fatiga y de tener siempre demasiado en contra.

Los años difíciles nos trajeron también aprendizajes valiosos.

Había que mirar de nuevo a la tierra, al mar, al suelo que pisábamos y que nos daba de comer, y cuidarlos más que nunca. También a nuestra gente.

Había que mimar a quienes nos cuidaban en los centros educativos, en los hospitales, farmacias o supermercados, y asegurar que estaban bien cuidados también. Había que esforzarnos en ser más feministas, repartir las tareas (domésticas y de atención a menores, mayores o personas sin autonomía) entre todas las personas (no sólo sobrecargando a las mujeres) y celebrar, así como visibilizar y reivindicar, la diversidad. 

Había que valorar a quienes escribían nuestras historias, pintaban escenas, guardaban en sus cámaras el tesoro diario de la vida en común, y agradecerles su cariño al mirarnos. Y devolverles no solo ternura y reconocimiento, también dignidad, derechos laborales y sueldos dignos. La cultura como eje de desarrollo social y económico. Como motor productivo y centro de nuestra vida e identidad como pueblo.

Todos y todas tomamos nota y reanudamos la vida en las islas con ojos renovados, más sensibles, más sabios, más atentos. Cuidar Canarias iba a ser en adelante lo que compartiríamos todas como enseñanza común. O, ¿no?

Frente a la nobleza de la gente de a pie, acecha también la ruindad de los de siempre. Los que nunca dudan en vender las playas, los montes, las aguas y a quienes las trabajan, con tal de engordar el bolsillo. Incluso en los momentos más difíciles.

Y así, un pueblo entero volvió a defenderse de los buitres.

Y se ganó Tindaya, y el litoral de Agaete, las dunas de La Tejita, los cetáceos en Fonsalía, y las hubaras en Lanzarote.

Y cuando parecía que el mensaje estaba claro, quisieron acabar con El Puertito. Y el pueblo, de nuevo, se levantó. Y vamos a volver a ganar. Se me ponen los pelos de punta porque sé que es verdad.

Porque hemos demostrado una, y otra, y otra vez, que las islas son el tesoro que compartimos y nadie va a hacer de ellas mercancía. Canarias es el espacio que nos define como un pueblo orgulloso, solidario y con futuro. Y es precisamente el mañana lo que hoy nos hace juntarnos una vez más.

Desde el amor, la sororidad y la empatía, con ganas puras de preservar nuestro patrimonio, naturaleza, nuestro paraíso, para las personas de aquí y para las generaciones futuras que merecen tener la oportunidad de construir un horizonte mejor.    

Frente a quienes nunca creyeron en la tierra y la privaron tanto tiempo de palabra propia, hoy empieza a atisbarse otra Canarias, la Canarias que nace de nuevo. La Canarias que se viene.

La voz de las islas se está escuchando con mucha fuerza, y su mensaje es claro.

Queremos un nuevo proyecto de Archipiélago con cimientos (que no cemento) claros y definidos, que crezca desde el cuidado al territorio y a sus gentes, que sea referencia en empleo digno y vidas buenas, que surja hermoso y con protagonismo de nuestra gente para afrontar con garantías el porvenir.

Donde querían tenernos precarios y con miedo, queremos la tierra del trabajo estable y los sueldos decentes. Donde querían imponer el maltrato del paisaje, queremos respeto, cariño y protección al lugar que habitamos. Donde quisieron quitarnos la esperanza, tenemos la certeza de que las islas que soñamos serán pronto una realidad.

Canarias es el corazón de quienes vivimos, amamos y buscamos transformar este lugar. Es un terreno que algunos querían baldío y hoy se llena de semillas que revientan y lo llenan de futuro y de colores.

Frente a la oscuridad caduca y resignada del piche, petróleo o ladrillo, queremos la luz y la tierra sana, un destino verde que ya nace, el camino compartido de la igualdad y la justicia, la redistribución de la riqueza, el calor que trae consigo un pueblo entero que vibra otra vez lleno de energía e ilusión.

La Canarias que se viene ya está germinando desde muchos lugares distintos y el reto de hoy es construir los puentes que la hagan posible.

En ello estamos. Están los cuerpos, las manos y los corazones.

Hagamos que se encuentren de nuevo.

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