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Sobre este blog

Periodista de formación, publicista de remuneración. Bilbaíno de paraguas y zapatos de cordones. Aficionado a pasear con los ojos abiertos pero mirando al frente y no al suelo, de ahí esta obsesión con las baldosas.

Bilbao la Vieja con ojos de Tres Cantos

Carlos Gorostiza

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Marina y Alberto han vuelto de Bilbao encantados. ¡Hemos estado en un hotel que encontramos por Internet y ha sido estupendo! -dijeron- nos ha gustado mucho el barrio, con mucha vida, con detalles creativos y ambiente cultural. Se ve que allí hay movimiento tanto de día como de noche, y tan céntrico -añadieron-. En un paso estabas en el Casco Viejo. ¡Nos hemos pateado la ciudad entera!

Estuve con ellos en Madrid y me encantó escucharles. Hablaban de Bilbao la Vieja, que es donde estuvieron. Son personas jóvenes, activas, que miran las cosas con curiosidad y sin prejuicios. No son ciegos y, obviamente, no les pasaron desapercibidos los detalles de marginalidad que el barrio muestra, pero han visto más mundo, más ciudades, más barrios y supieron no convertir la anécdota en regla. Al contrario, seguramente fueron capaces de ver las cosas mejor que lo que a menudo somos capaces de hacerlo quienes cargamos con viejas mochilas de desconfianza.

Desde luego que Bilbao la Vieja no es el Ensanche y sus vecinos no son, en general, los más ricos del lugar pero ni mucho menos es una zona a evitar, como aún tanta gente siente. Es cierto que pasó por tiempos malos y que hay quien no se acerca allí sino en la procesión del Nazareno y tampoco niego que hay mucho trabajo pendiente todavía. Pero Marina miró sus calles con ojos de Tres Cantos (Madrid) y vio en ellos mucha vida, creatividad y ganas. “Nos recuerda a Lavapiés” –me dijeron- que tampoco es el barrio de Salamanca, ¡oiga! Y lo hicieron en tono elogioso, seguramente con toda razón.

Se han hecho muchos esfuerzos en Bilbao la Vieja, tanto por parte de sus vecinos y sus asociaciones como de quienes se han instalado en el barrio para tirar de él hacia los campos de la creatividad, sea ésta artística, multicultural o culinaria. También se ha trabajado desde el Ayuntamiento y empresas públicas, como Surbisa o Bilbao Ría 2000. Ha habido reflexión y se han ejecutado mejor o peor, como todo, planes como el de Rehabilitación de Bilbao La Vieja, San Francisco y Zabala 2005-2009 o el actual Plan Comunitario 2012-2016. Pero nos han acostumbrado tanto a exigir soluciones mágicas, que cuando éstas no llegan, que es lo que pasa siempre, nos cuesta mucho percibir esos cambios reales, que nunca son suficientemente instantáneos y espectaculares.

Quizás lo mejor de todo sea que Bilbao la Vieja, aun mejorada, resulta inquietante porque, como le pasa a Lavapiés, no es barrio que se avenga a convertirse en escaparate dócil de la ciudad “oficial”. Su vocación es otra: aceptar y disfrutar de lo extraño, de lo diferente, a veces de lo incómodo, de lo que no solamente no encaja en el imaginario de las mentes biempensantes sino que tampoco tiene la menor intención de hacerlo.

Tengo que agradecer a Marina y Alberto que me hayan permitido que esta columna, usualmente crítica y algo ácida, tenga hoy este tono más amable. Las baldosas de Bilbao la Vieja que ellos patearon, seguramente tan firmes o tan sueltas como las del resto de la ciudad, no les impidieron ver el atractivo de un barrio que siempre, desde hace siglos, ha estado tan lleno de vida como lo está hoy y que atesora una buena parte de la historia y del carácter de esta villa. Lo sabía, pero han tenido que venir de fuera a recordármelo.

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